Muy madura para mi edad
o el problema de la adultización de las niñas y adolescentes
Mi hermana mayor tiene dos años más que yo. Crecimos juntas, muy unidas, y eso inevitablemente me llevó a saltarme algunas etapas de mi infancia. Compartimos muchos juegos de niñas, pero cuando ella entró en su adolescencia la mía también se adelantó. Fue así como se ampliaron mis gustos musicales, mi vocabulario, mis círculos de amigos… No fue planificado, simplemente se dio de manera natural debido a los espacios en los que nos desarrollabamos a diario.
Por lo mismo, crecí escuchando que me veía más grande para la edad que tenía, o al menos que ambas parecíamos de la misma edad. No solo lo decían nustros amigos, sino que también los adultos a nuestro alrededor. Mi realidad comenzó a distorsionarse un poco. En mi cabeza era lógico no llevarme tan bien con niños y niñas de mi edad o sentirme fuera de lugar en espacios en los que, se supone, debía encajar.
Por todo lo anterior, cuando llegué a esa etapa de los primeros intereses románticos no me hizo ningún ruido que hombres tres, cinco o hasta diez años mayores mostraran interés en mí. Al fin y al cabo, tenía muy claro que era muy madura para mi edad. No solo porque me veía más grande, al menos de la edad de mi hermana, sino porque también había compartido mucho con gente mayor, lo que según yo me daba cierto conocimiento para conversar y entablar relaciones con más propiedad.
Comencé a pololar chica. Tenía 14 cuando tuve mi primera relación amorosa. Drama, discusiones, celos, llantos, juramentos de amor eterno y un sinfín de emociones que se sentían tan intensas que llegué a pensar que durarían para siempre. Es que así es la adolescencia. Ahora me pregunto qué hacía yo en primero medio llorando encerrada en mi casa porque mi pololo de 17 no me había respondido un sms.
Iba a los cumpleaños de mis compañeritos y sentía que no pertenecía. Recuerdo claramente una vez en que me invitaron a una fiesta y en vez de bailar jugaron a las escondidas. Luego admití en secreto para mí misma que lo había pasado muy bien, aunque no lo dijera en voz alta porque no iba con mi personalidad madura. Tal vez la sociedad me había convencido de que ya era grande, pero yo seguía siendo una niña y ya ni siquiera entendía cuando había dejado de serlo.
¿Cómo llegan las niñas a pensar que son muy maduras para su edad? «Es que las niñitas maduran antes» escuchaba decir a las mamás de mis amigas. «Tengo una hija también y ella creció mucho más rápido que su hermano». Más que madurar antes, pienso que es el mundo el que nos obliga a crecer.
No hay una regla escrita, pero todas conocemos a alguna tía o abuela que se casó a los 15 y a los 16 ya tenía dos hijos. Una niña criando a otros. No hay un mandato explícito, pero al googlear juguetes para niñas aparecen cocinas, maquillaje, carteras y sets de uñas. No existe un decreto que lo ordene, pero en el mercado encuentras cientos de productos de skin care para niñas, y ya no es extraño escuchar a los padres contar que sus hijas adolescentes se levantan a las cinco de la mañana para arreglarse antes de ir al colegio.
Tal vez no es cierto que las niñas parezcan de más edad o maduren antes, sino que se ven como la sociedad espera que se vean las mujeres a sus veinte o treinta años, sin líneas de expresión, delgadas, sin vello corporal y sin ninguna huella que delate el paso del tiempo. Esa idea da vueltas en mi cabeza y hace que el panorama sea aun más desalentador. Se pone peor cuando recuerdo que el acoso callejero, los silbidos y las miradas que recibía de hombres adultos disminuyeron considerablemente cuando dejé de usar uniforme escolar.
Hoy, siendo profesora, observo a mis estudiantes y por más que su ropa o su maquillaje a veces lo disimulen, sus rostros adolescentes reflejan con claridad la edad que tienen. No parecen más grandes, pero el mundo les sigue diciendo que sí. También miro mis propias fotos a los doce, a los quince, y solo veo a una niña intentando comprender lo que ocurría con su cuerpo mientras su cerebro ni siquiera terminaba de desarrollarse por completo.
Las redes sociales no ayudan mucho. Las niñas y adolescentes no solo están expuestas a publicidad dirigida hacia sus inseguridades y a estándares de belleza altísimos e inalcanzables, sino que también están a un mensaje directo de distancia de un depredador, que espera el momento preciso para hablarles y manipularlas a través de la idea de que son muy maduras para su edad.


