¿Qué te ha quitado la autoexigencia?
Hasta antes de la pandemia, mi idea de trabajo se resumía a construir material y guías pedagógicas, pero luego, la nueva normalidad trajo consigo calendarios repletos de reuniones y mucho tiempo frente a las pantallas.
¿Cómo se descansa en una sociedad en la que estar ocupadas es la norma?
En algún momento dejé de sentir orgullo por mis pequeñas metas logradas, y comencé a sentirlo por tener mucho que hacer. Pasé de leer, escuchar música y ver amistades a ser la que responde «no puedo, tengo una reunión», y eso se volvió parte fundamental de mi personalidad.
¿Nos convenció alguien de que el exceso de trabajo era el camino al éxito?
Creo que esta idea no es nueva, sino que simplemente se instaló con más fuerza por las circusntancias. Crecí en los noventas y miraba con admiración a Elizabeth James – la mamá de Annie y Hallie en juego de gemelas – a la doctora Coleman en un viernes de locos, a Elle Woods y a Miranda Priestly. Además de ser independientes e inteligentes, todas esas mujeres representan personajes cuyas vidas están tan cruzadas por el trabajo, que les es casi imposible disociarse de él.
Si crecí admirando a esas mujeres por sus logros, no es tan extraño que hoy mi idea de descanso se asocie a crear nuevas formas de seguir trabajando para no estar desocupada. Tengo la sensación de estar corriendo en una rueda de hámster que nunca se detiene. De estar compitiendo sola y a la vez de que el mundo te exige, te encasilla, te categoriza: exitosa o fracasada, ama de casa o profesional, mujer de alto valor o mujer que no vale nada.
Sé que no se puede analizar esta realidad sin considerar a esa sociedad. Nuestras ideas en torno al éxito no vienen con nosotras cuando nacemos, sino que las aprendemos mientras vamos creciendo.
Indudablemente nos encontramos en un momento en que la humanidad se está transformando. Las redes sociales, los entornos digitales y la viralización de contenidos en torno al trabajo también se cuelan en nuestros ideales.
Corría el 2020 cuando por primera vez tuve acceso a las experiencias de otros docentes más a gran escala. Claro, tenía colegas en la presencialidad, pero las redes y el confinamiento abrieron las puertas a la comparación. ¿No estaba haciendo lo suficiente? Tenía 27 años y todavía no empezaba ningún posgrado. No me levantaba lo suficientemente temprano para ser más productiva. No había leído tantos libros clásicos como debía haber leído una profesora de lengua. No disfrutaba tanto de la poesía como se suponía que debería. Y así, una tras otra las dudas fueron llegando.
El 2022 decidí ir a la psicóloga. En la primera sesión le dije, sin darme cuenta, que me sentía vacía cuando no tenía actividades por hacer. Ella lo anotó y me lo comentó un par de sesiones más adelante. Es una frase que recuerdo hasta hoy.
Tres años después, un magíster casi terminado y con beca de excelencia académica, un libro publicado y un trabajo que amo, a veces miro y sigo sintiendo el vacío. Es que para mi cerebro perfeccionista parece no haber un límite, y es así cómo descubrí que, para un mundo de competencia e individualismo, ningún logro será suficiente.
«¿Qué sientes que te ha quitado la autoexigencia?» me preguntó mi psicóloga actual en nuestra última sesión.
Entonces, decidí que mi meta para este 2026 será pasar más tiempo con mi familia y con mis amistades. Intentaré no perderme otro cumpleaños de mis abuelos y tías. Intentaré abrazar más a los que amo, y también trataré de agradecer por las pequeñas recompensas que me han traído mis esfuerzos.
