Detectores de salud mental
Hace unas semanas la tragedia inundó los pasillos de un colegio en Calama. Un estudiante ingresó armado a su colegio y arremetió contra adultos y adolescentes. Una víctima fatal, varios heridos de gravedad y una comunidad profundamente herida.
Las reacciones no se hicieron esperar. Como tantas otras veces, este hecho de violencia nos hizo sentir que todos los límites habían sido traspasados. Lo sentimos también cuando el 8 de marzo del 2024 nuestra colega Katherine Yoma se quitó la vida tras meses sufriendo acoso por parte de una alumna y su apoderado. También cuando en marzo del 2025 un estudiante agredió a una profesora con un escobillón, dejándola en estado de gravedad. Además de estos, existen muchos otros casos a nivel país. Estudiantes, docentes, paradocentes, directivos, apoderados, la comunidad escolar completa se expone constantemente a la violencia.
Esto está lejos de ser una crisis educacional. Es la sociedad la que está en crisis.
Un modelo económico que obliga a padres, madres y cuidadores a trabajar durante extensas jornadas laborales, reduciendo el tiempo que las familias tienen para reunirse. Ciudades diseñadas para que las personas transiten por ellas, pero no las habiten. Las pantallas y su rol principal en la mesa familiar, siempre centrales, siempre presentes. Y por último, la escuela. Ese espacio pensado para entregar educación, pero que termina siendo el lugar en el que los niños pasan más tiempo del necesario porque nadie en casa puede cuidarlos.
Como ha ocurrido en otros casos, esta vez la prensa también hizo lo suyo. En un principio, la información giraba en torno al terrible ataque, pero pronto esa preocupación se transformó en morbo. Publicación tras publicación los medios de comunicación -sobre todo los digitales- contaron cada escabroso detalle tras la brutal agresión. De esa manera nos enteramos de lo que planeaba el agresor, de sus pensamientos, frases encontradas en un cuaderno y que evidenciaban una historia muy oscura y el desprecio por la vida.
La excesiva cantidad de información sobre el caso generó dos efectos: por un lado el pánico de los adultos y, por otro, decenas de instituciones que tuvieron que suspender sus clases por amenazas de tiroteo de otros estudiantes que vieron en el ejemplo de su par una oportunidad para perder clases y además saborear, aunque fuera un poco, el poder que se ejerce a través del miedo.
En medio de todo el caos, la inseguridad y la impotencia aparecen las soluciones rápidas. Los detectores de metales, esa medida guardada y empolvada en un cajón que resurge todas las veces en que hay un arma involucrada. Pero una vez más nos olvidamos de lo esecial.
¿Es legítimo buscar una medida rápida frente a la urgencia? Tal vez sí. ¿Solucionará esa medida el problema de fondo y evitará desenlaces tan tristes como el que recientemente vimos en Calama? Es improbable.
Las nuevas medidas anunciadas por el gobierno pretenden devolver la tranquilidad a las escuelas, no obstante, y desde mi perspectiva como docente de aula, significan más trabajo, más tiempo y podrían, eventualmente, traer más problemas que los establecimientos no tienen la capacidad de resolver.
Los expertos ya han mencionado en más de una ocasión que los detectores de metales generan una sensación de falsa seguridad, pero además de eso ¿cómo se financian esos detectores?, ¿qué protocolo se sigue si un estudiante ingresa con un arma?, ¿se llamará a carabineros o lo debe resolver el reglamento interno? Preguntas similares surgen frente a la revisión de mochilas. ¿Serán los docentes los encargados de revisar?, ¿qué hace un profesor o profesora si descubre, en medio de una clase, que su estudiante porta un arma blanca o una pistola?, ¿debe quitarsela, arriesgando su propia integridad y la del resto del curso, o continúa con la clase como si nada pasara, sabiendo que una tragedia podría desencadenarse en cualquier momento? Luego, ¿quién protege a esos docentes y asistentes de las futuras repercusiones y represalias de apoderados que justifican estas conductas?
Devolverle la autoridad a los docentes y adultos a cargo es una linda consigna, una idea que para todos y todas suena a sentido común. La pregunta es cómo lograrlo, y más aun, por qué se ha perdido.
Si la escuela antes era sinónimo de respeto, autoridad y seguridad, ¿han cambiado las escuelas o la forma en que concebimos la educación?, ¿será que ahora los niños nacen sin ánimos de respetar a los adultos, o que los adultos de su entorno actúan de forma tan irrespetuosa que ningún discurso es suficiente para ocultarlo?
A diario observo a mis estudiantes, conversan conmigo, a veces pasan por situaciones que sus familias ni siquiera imaginan. Lamentablemente, lo menos común es encontrarse con apoderados que escuchan, conversan y se interesan por lo que está pasando con sus hijos e hijas. Pienso en el estudiante de Calama, que agobiado por una vida solitaria y triste deseó que nadie más viviera. Pienso en qué haremos con los niños, niñas y adolescentes que presentan síntomas de depresión y ansiedad (60% según datos de ADIPA, 2024).
Espero que lo anterior no se malentienda, pues sin duda alguna todo crimen debe tener sus consecuencias. Aún así, desearía en que nos enfocaramos también en prevenir para que estas situaciones no se repitan, pero prevenir de verdad. Que haya suficientes ojos atentos y preparados para advertir que algo anda mal. Acompañar, trabajar junto con las familias, poder decirles a los estudiantes que la vida es bonita y realmente hacerles sentir que vale la pena vivirla. Pero a veces, por más que tengamos ganas de mejorar el mundo, si al llegar a casa ese estudiante vuelve a encontrar oscuridad, malos tratos, soledad o indiferencia, nuestro discurso seguirá pareciendo decoración para adornar las paredes de la escuela.
Si en el trayecto al colegio ese estudiante mira a su alrededor y encuentra en el transporte a adultos mayores scrolleando a todo volumen, si se detiene en un semáforo y ve a dos personas gritándose de un auto a otro, adultos tirando su basura al suelo, caminando a empujones y resolviendo conflictos a golpes, si entra a redes sociales y nos encuentra discutiendo por todo, culpándonos e insultándonos unos a otros por lo que pasó y lo que no pasará, difícilmente ese niño o adolescente podrá mirar el mundo con ojos de esperanza.
Hoy, cuando la estabilidad emocional pende de un hilo, seguimos sin hablar lo suficiente sobre cómo sostenerla. Y por un momento deseo que en vez de detectores de metales, se instalaran en las entradas detectores de salud mental. ¿Alguien sabe dónde encontrarlos?
