En defensa del conocimiento
Mi nombre es Isabel Ortega, tengo 33 años, y todo lo que soy se lo debo al conocimiento.
Tuve el privilegio de crecer en el seno de una familia que, pese a no contar con muchos recursos económicos, me entregó un preciado tesoro: la curiosidad por aprender.
Los cuentos, el bachillerato, la música, los poemas y las enciclopedias -que mi papá compraba con bastante esfuerzo- fueron pequeños granitos de arena que cimentaron mi hambre de saber. «Por este camino se llega a Redil» citaba el cuento del Lobo Pastor que aparecía en el silabario. De ahí aprendí que la astucia y la inteligencia pueden ganarle a la fuerza bruta. Repasé una y otra vez las páginas de una enciclopedia de tapa roja con dibujos muy brillantes. Así conocí a distintas especies de animales, plantas y bichitos que podía encontrar después en el jardín. La vida a través de los libros era sorprendente.
Por medio de la música me hice otras preguntas. ¿Por qué la canción de Los Bunkers se llamaba Miño?, ¿qué es la Nacional 4 y por qué Ismael Serrano la nombraba en su canción La huida?, ¿quiénes eran Casandra y Prometeo, y qué significaba “el amor es la piedra que Sísifo empuja”?
Mi paso por la universidad no hizo sino alimentar esa curiosidad. Perdida entre literatura, lingüística, el latín y el Popol Vuh, sentía que el universo del conocimiento era infinito y yo demasiado pequeña.
¿Necesitaba todo eso para poder hacer clases de lenguaje?, ¿realmente iba a usar tantos contenidos para enseñar sobre un currículum que es limitado? Si alguna vez deseé no conocer más de lo que usaría en mi trabajo, ya fuese por cansancio, flojera o agobio, hoy defiendo con fuerza que ese conocimiento me hizo ser quien soy.
Hoy hago clases, y es ese mismo saber el que enriquece todo lo que puedo enseñar a mis estudiantes. Existe un mundo de diferencia entre hacer lo justo, lo necesario, y transformar cada clase en una experiencia extraordinaria. Porque de nada serviría que mis estudiantes supieran reconocer los mundos literarios sin comprender lo que la literatura ha significado para la historia de la humanidad. Podríamos hablar de las características de los diferentes textos que existen, pero sería vacío si no profundizamos en cómo la palabra escrita es capaz de mentir, manipular, reivindicar, liberar y tanto más. Ese conocimiento estaría incompleto si no pudiera enseñarles el poder de esas palabras.
Sin duda fue el conocimiento el que transformó a esa niña, que creció en la Villa San Jorge de Linares, en la profesora, divulgadora y autora que hoy soy.
El conocimiento nos permite ser personas más críticas con la realidad. Al aprender cosas nuevas nuestro cerebro construye puentes, cientos de conexiones neuronales que nos permiten comprender el mundo en toda su complejidad. Por eso, un libro que surge de una investigación es mucho más que un objeto decorativo, es el producto de la curiosidad, de hacerse preguntas, de reconocer el potencial infinito del conocimiento que nos ha llevado a vivir la vida como la conocemos.
Todo lo que sustenta nuesta cotidianidad existe porque un día alguien decidió resolver una interrogante, estudiar, buscar respuestas y compartirlo con el mundo. Si continuamos poniendo lo práctico y lo que genera réditos inmediatos por sobre el saber, estaremos cada vez más cerca de funcionar como la sociedad de aquella película de ficción titulada idiocracia.
